A.M.D.G.
¿Por qué me convertí al catolicismo?
G. K. Chesterton
Evangelizar desde la cátedra
P. Alfredo Sáenz
¿Por qué me convertí al catolicismo?
G. K. Chesterton
Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema "por qué soy católico" es muy distinto del problema "por qué me convertí al catolicismo". Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después... Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma. Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario. La "confirmación" de la fe, vale decir, su fortalecimiento y afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el sentido ritual, después de la conversión. El convertido no suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y única razón. Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral.
¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras.
A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.
El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios.El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como "Kensitite Press" a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.
Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.
En el primer caso —creo que se trataba de Horton y Hocking— se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: "Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento". Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: "¡Qué maravillosamente dicho!" Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.
En el segundo caso, alguien del diario "Daily News" (entonces yo mismo era todavía alguien del "Daily News"), como ejemplo típico del "formulismo muerto" de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mi mismo: "¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia".
Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de publicaciones anticatólicas. Tengo un claro recuerdo de lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido. Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto, debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O'Connor de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo político; lo hice hasta en la madriguera del "Daily News".
Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal. Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.
Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse. En Prusia hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester para el individualismo manchesteriano.
Todo el mundo sabe que a un viejo pueblo agrario, arraigado en la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo que a los pueblos que no tienen por base la tradición y la fe. Si este concepto se aplicase a una autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción: no es por falta de material que actúo así, sino por la dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material numeroso. Sin embargo trataré de insinuar uno o dos puntos que me causaron una especial impresión.
Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de los "intermezzos" de un Lucrecio o de un Lucano.
No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.
Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la contraposición que existe entre el convento y la familia (The Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción, llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos, destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que en la religión católica, los votos y las profesiones más altas y "menos razonables" —por decirlo así— son, sin embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida diaria.
Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola revolución mística lo ha conservado: el santo está al lado lo superior es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u otra filosofía indigna de la humanidad; a simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al "nonsense", a la insensatez.
Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento "realmente existente" hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.
Si se exagera todo esto, nace en las religiones una deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como sucedió con el protestantismo victoriano. Por el contrario, la más exaltación por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís, seguirían siendo, en su quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su humanismo, ni despreciará a su prójimo. Lo que es bueno, jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una de las características del catolicismo que me parece singular y universal a la vez. Esta otra la sigue:
Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día, Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones sólo desean —como ellos mismos dicen— reformas prácticas y objetivas. Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista. Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él. Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años. Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos. El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tibet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales. Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo —podría decirse en su excusa—. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.
G. K. Chesterton
Evangelizar desde la cátedra
P. Alfredo Sáenz
El título de nuestra exposición es, sin duda, demasiado vasto. Vamos a limitarnos a algunos aspectos que juzgamos sustanciales.
I. BREVE HISTORIA DE LA EDUCACIÓN
El tema de la educación es un tema perenne. Ya los griegos se preocuparon por la formación del hombre integral. Y lo pensaron sobre todo con base en dos actividades, la gimnasia y la música. La gimnasia para la formación del cuerpo, y la música (o bellas artes) para la educación del alma. Así trataban de lograr el hombre de la "areté", de la virtud.
Llegada la época del cristianismo, se planteó enseguida en la primitiva Iglesia el problema de la vinculación de las materias profanas con la revelación cristiana. Ello fue motivo de largas discusiones que tuvieron por protagonistas a algunos Santos Padres y escritores eclesiásticos; discusiones que versaron acerca de la relación entre el Evangelio y la cultura griega o, al decir de Tertuliano, entre Pablo y Aristóteles. Razón y Revelación, filosofía y cristianismo, naturaleza y gracia: he ahí los dos elementos que a veces pudieron ser considerados en relación dialéctica.
El hecho es que con el tiempo se fue produciendo la anhelada síntesis entre la Revelación - que provenía del ámbito del pueblo elegido - y la cultura del mundo greco-romano - derivada del ámbito de lo que los judíos llamaban "las naciones" o los gentiles. Ambas cosas: la revelación y la cultura, aunque de distintos modos, brotaban de la misma Providencia divina. Al fin y al cabo, Cristo no era sino la plenitud de los tiempos, no sólo la plenitud de la revelación sino también la plenitud de la sabiduría, el Logos encarnado.
Tras las invasiones de los bárbaros y la ruina consiguiente, resurge la idea patrística gracias, principalmente, a los intentos de la escuela palatina de Carlomagno, dirigida por Alcuino. Allí se fue organizando la primera educación católica que alcanzaría un momento de apogeo en la Edad Media.
La enseñanza se repartía en el "trivium", constituida por la gramática, la retórica y la dialéctica, o sea la enseñanza del idioma, la literatura y la oratoria, y el arte del razonamiento.
El "Quadrivium" completaba la formación intelectual añadiendo la aritmética, la geometría, la astronomía y la música. Esta última disciplina comprendía las diversas artes liberales: poesía, historia y música propiamente dicha. Sin embargo, la enseñanza no quedaba circunscrita a estas siete materias. Trivium y quadrivium no eran más que medios; el fin consistía en formar a los alumnos en la verdad y la sabiduría.
Todo el estudio de las diversas asignaturas humanas estaba empapado de Dios, de Cristo, de la Iglesia, estaba bañado en la teología, en el conocimiento del mundo sobrenatural, sin excepción alguna. Cristo era considerado el Rey no sólo de las naciones - Rex regum - sino también de la cultura - Rex veritatis.
A partir de fines de la Edad Media comienza un proceso de desintegración de aquella cosmovisión - un "bloque histórico", como gustaba llamarla Gramsci y consiguientemente de la cultura. El primer paso lo da el Renacimiento. El hombre del Renacimiento continúa siendo cristiano: él está convencido de que Dios existe, pero sin embargo, a la gloria de Dios fue progresivamente sustituyendo, de hecho, la gloria del hombre. Este hombre sigue afirmando la gracia y el pecado, la caída y la redención, su filiación divina, etc., pero en la práctica fue tendiendo a convertirse en hombre a secas. El genio y el artista fueron sustituyendo al hombre virtuoso; el príncipe maquiavélico sucede al rey santo, al estilo de San Luis... Subsiste la religión, sí, pero escondida de todo lo demás. Lo temporal profano pretende independencia absoluta, no su justa autonomía sino su independencia total. La filosofía rompe con la teología, el derecho, la política y el arte se van divorciando lentamente de la moral. Queda inaugurada la era de las rupturas y de las rebeliones.
Luego viene el Protestantismo, que implica un decidido avance en la línea de la escisión desintegradora de aquel edificio arquitectónico que había constituido la grandeza de la cristiandad medieval. Dios existe, sí, pero se lo aleja más y más, hacia el mundo de lo irracional. Asimismo, la Iglesia, cuyo influjo evangélico en el ámbito temporal se había reducido ya considerablemente, ahora se aleja del ámbito mismo de lo religioso, e incluso se la aliena del hombre individual, el cual en adelante, recurriendo al libre examen, deberá entenderse a solas con Dios. Y dentro mismo del hombre, la grieta entre gracia y naturaleza se va ampliando, ya que según la concepción protestante la gracia es algo puramente extrínseco que cubre, pero no sana ni eleva propiamente. Después se da otro paso: el Deísmo, que surgiendo en Inglaterra pasa luego a Francia y Alemania con el nombre de Iluminismo o Aufklärung. El proceso de la rebelión avanza. Ahora va a comportar la negación de todo el orden sobrenatural. Dios existe, sí, pero no es el Dios de la Revelación, el Dios uno y trino, sino el Creador del orden natural, el supremo Hacedor, el Arquitecto, que hizo el mundo y se fue. Un Dios que está en el principio y en el fin, pero no está en el presente, en la historia. Y lo que cuenta para este hombre es tan sólo la historia, lo intrahistórico. Es la época de la sectorización de la enseñanza, del enciclopedismo masónico. Es el mundo liberal, burgués, el mundo del "homo faber", del rendimiento, del negocio.
Finalmente, accede el Materialismo contemporáneo, el individual freudiano y el social marxista. No solo se expulsa a la Iglesia -como en el protestantismo- ni a Cristo -como en el deísmo naturalista-, sino al mismo Dios, proclamándose el ateísmo y, en el caso del comunismo, el antiteísmo más radical. Porque, si bien se afirma que Dios no existe, con todo se lo combate como si en realidad existiera. El hombre es solo materia. Cualquier pretensión de espiritualidad, especialmente en el nivel de la educación, constituiría un espejismo alienante, una evasión. Y de hecho, el ámbito donde imperó dicho sistema se convirtió en un hormiguero, un enorme Gulag.
Tras el desmoronamiento del coloso marxista, hoy se propone un nuevo proyecto bajo el título de Nuevo Orden Mundial, donde se propugna la aparición de "hombres nuevos", amamantados en la democracia liberal y capitalista, que encontrarían en el seno de la nueva sociedad la satisfacción plenaria de todas sus apetencias, en el ámbito de la más cruda inmanencia, en la certeza de haberse llegado al "fin de la historia", pero dentro de la historia. A la concepción inmanentista del hombre sigue la concepción inmanentista de la historia, con su paraíso, pero en la tierra.
Nosotros vivimos en esta época que ha recibido los desemboques de todo ese largo proceso iniciado en el Renacimiento o al fin de la Edad Media. Y es precisamente el ámbito de la cultura el que ha sido más bombardeado por las fuerzas disgregadoras. Hoy todos los valores que integran una auténtica educación están en tela de juicio: la verdad, el bien, la belleza, el amor, la patria, la familia, Dios, todo. Y conste que no se trata de una crisis localizada en un espacio determinado, sino que se extiende peligrosamente, ya que prácticamente incide sobre la totalidad del mundo, sobre todo a través de los medios masivos de comunicación. Una crisis que, para colmo, se presenta encarnada en personajes de literatura, o en personajes reales, del cine, del arte, lo cual resulta aún más impactante para la juventud. La consecuencia: el hombre se siente vacío, disperso, incapaz de pensar, con una desbocada apetencia de sensaciones y de cosas materiales, ese hombre que experimenta una especie de frenesí por vencer el horrible aburrimiento que lo diseca.
II. EL COLEGIO CATÓLICO
Frente a este mundo apóstata de Jesucristo y de su santa Iglesia, nos urge la ardua pero apasionante tarea de la evangelización. ¡Ay de nosotros si no evangelizáramos! Pues bien, el colegio católico tiene a este respecto un papel sustancial. La evangelización incluye la educación, porque la Iglesia, cuando evangeliza, no deshumaniza al hombre, antes bien lo ennoblece. Y aunque la educación no pertenezca al contenido esencial de la evangelización, pertenece sin embargo a su contenido integral. No hay, pues, dos etapas: primero humanizar, luego evangelizar. Mientras evangelizo estoy humanizando, educando. Así ha sucedido a lo largo de toda la historia de la Iglesia.
1. Tres conocimientos necesarios Como lo ha explicado detalladamente Alberto Caturelli, la educación se ordena a la actualización creciente y armónica de todas las potencialidades del hombre, hasta que alcance su plenitud. Perfección, ante todo, de los hábitos técnicos, que se ordenan al dominio de las cosas que simplemente existen, para lo cual es necesario un conocimiento sumario de la naturaleza inanimada; en un segundo grado, el logro de un conocimiento también sumario de la naturaleza viva, plantas y animales; para concluir en aquella realidad espiritual, la suya propia, que resume en sí misma la totalidad del cosmos: el hombre, mediante la formación de los hábitos que perfeccionan la naturaleza humana total, es decir, las virtudes morales que lo ordenan al Bien. Una educación que comprende estos tres grados, será de veras, una educación integral. Generará planes de estudios coherentes, seleccionará los profesores no solamente entre los de más saber sino entre los de mayor virtud, procurará que los hábitos intelectuales se desarrollen en el estudio intensivo de las humanidades y los hábitos morales en orden a la integridad de la naturaleza humana.
Sin embargo, esto no es todo: formar al adolescente en su integridad total es un fin inalcanzable con las solas fuerzas de la naturaleza. Para llegar a la plena posesión de la Verdad, del Bien y del Ser, se necesita algo que está allende a la naturaleza. Por eso, una verdadera educación que no quiera eliminarse a sí misma como educación, debe ponerse en estado de apertura a lo sobrenatural, pues solo mediante un salto que trascienda lo contingente es alcanzable lo Absoluto, único ámbito en que puede lograrse la formación integral del hombre. Si la educación no quiere suicidarse como educación total, debe estar metódicamente dispuesta a no limitar su ascensión a los grados del ser natural, por sublimes que sean. En realidad sólo tiene dos caminos: o abrirse al orden de lo sobrenatural o cerrarse sobre sí misma. En este segundo caso, anula el fin de la educación al limitarlo arbitrariamente al solo orden natural; y si anula el fin de la educación, anula la educación misma ya que no es concebible una educación sin finalidad alguna.
2. Las diversas religaciones Digamos así mismo que no se puede formar al adolescente cuando no se atienden a sus diversas religaciones. El hombre es un ser religado de múltiples maneras. Religado a los otros, ante todo, por ser un "animal social". Religado al mundo, como integrante de la naturaleza. Religado al tiempo y a la historia, en cuanto heredero de una tradición y hacedor de una cultura. Religado al Absoluto, a Dios, por su condición de creatura. Religado finalmente a Cristo, por su carácter de redimido. Una educación que no atienda a todas estas religaciones no será verdadera educación, no será una educación integral.
Solo habrá educación católica si Cristo es el faro que ilumina, la meta que atrae, el modelo que se contempla. En un documento sobre la Educación Católica, promulgado por la Sagrada Congregación de la Educación Católica, se dice que "en el proyecto educativo de la escuela católica, Cristo es el fundamento: Él revela y promueve el sentido nuevo de la existencia y la transforma capacitando al hombre a vivir de manera divina". Cristo debe ser la clave de bóveda, el principio de cohesión y de armonía, de todas las otras religaciones, "ese Cristo en el cual todas las cosas encuentran su consistencia", como dice San Pablo (Col1, 17).
3. Integración arquitectónica de todos los saberes De lo dicho hasta acá se ve claramente la necesidad de la integración de los diversos saberes en una unidad superior.
Una cultura es un sistema de valores destinado a crear una visión del mundo. Y el valor supremo de una cultura cristiana es la gloria de Dios. Todo actuar de lo que no es Dios, de lo que es relativo, tiene sentido en la medida en que dé gloria a Dios. El colegio católico es un centro donde se elabora y se transmite una concepción específica del mundo, del hombre y de la historia. Y como dice aquel Documento antes citado, en texto decisivo: "La referencia, implícita o explícita, a una determinada concepción de la Vida (Weltanschauung) es prácticamente ineludible, en cuanto que entra en la dinámica de toda opción. Por esto es decisivo que todo miembro de la comunidad escolar tenga presente tal visión de la realidad, aun cuando sea según diversos grados de conciencia, para conferir unidad a la enseñanza". Los conocimientos profanos y los conocimientos atinentes a la fe deben, en cierto modo, entrecruzarse. Es conocida la célebre fórmula: "Intéllige ut credas, crede ut intélligas": entiende para que creas, cree para que entiendas. El conocimiento profano sirve para ahondar en la fe. Y el conocimiento de la fe lleva a una inteligencia más profunda de las realidades profanas. No creamos que estamos dando educación católica por el mero hecho de que en el programa de estudios, donde hay muchas materias que a veces se dictan según las más diversas ideologías, agregamos una hora de religión. Así como no podemos pensar que estamos haciendo una televisora católica, porque a la programación general, que de hecho produce un verdadero lavado de cerebro, agregamos unos tres minutos en que hablamos de Cristo o de la vida eterna. Cuando decimos que la cultura debe ser sobrenatural, queremos afirmar que lo sobrenatural debe informar toda la cultura, de manera semejante a como decimos que la gracia asume la naturaleza. La educación debe ser cosmovisional: estoy educando a un adolescente que tiene una unidad de destino - natural y sobrenatural -, y no puedo desintegrarlo enseñándole según principios diversos, sus distintas dimensiones.
¿Cómo no va a haber conflicto en la sociedad de hoy y en el hombre de hoy, cómo no va a haber tanta esquizofrenia, cuando pareciera que todo lo que se hace es dividir al hombre interiormente? Pensemos en las Universidades, incluso en las llamadas católicas, en las que con frecuencia las materias son enseñadas divergentemente, por profesores que piensan cada uno a su manera.... Tal vez alguno dirá que la catequesis no exige de manera absoluta, la existencia de un colegio católico, pues podría darse en locales aparte y en horas extraescolares. Algo de eso es verdadero. Sabemos que han salido excelentes católicos militantes de la escuela pública laica, donde aquellos aprendieron a agudizar su sentido apostólico. De ahí que el solo poder dar algunas horas de religión no parece justificar el enorme esfuerzo que implica el montaje de un colegio católico. Sin embargo, la verdadera educación no se hace por yuxtaposición; no se trata de sumar conocimientos cristianos a una conducta pagana, de enseñar el contenido de la fe agregándolo a una cosmovisión laicista.
La formación humana y la formación religiosa no pueden ser opuestas, ni siquiera paralelas o sucesivas, deben imbricarse la una en la otra. El espíritu cristiano debe impregnar la enseñanza profana; tratar de que las distintas materias sean consideradas a la luz de la Verdad divina y lograr que sea Dios quien informe toda la actividad humana. Al fin y al cabo Dios es la causa primera y el fin último de todo. El pensar del cristiano debe inspirarse íntegramente en Él y a Él referirse. Todo debe llevar la impronta de la fe. Y es claro que sólo el colegio católico está equipado para realizar semejante labor, pues sólo él es capaz de impregnar todas las ramas del saber con el espíritu evangélico.
Si nos cuesta entender esto, escuchemos al menos las siguientes palabras de un marxista, él sí, y muy consciente de la necesidad de una cosmovisión para formar al militante del Partido: "La fuerza del marxismo -decía- es la siguiente: un profesor marxista, un docente marxista de cualquier disciplina particular, abre perspectivas sobre una concepción global del mundo. La fuerza de nuestros profesores marxistas está en hacernos sentir que esta disciplina particular toma su sentido de la concepción global del mundo que Marx ha aportado". El colegio católico no puede ser tan sólo una institución en la que se enseña la doctrina cristiana junto con los demás conocimientos, sino donde todo, incluso lo que no es estrictamente enseñanza religiosa, se enseña con espíritu católico.
No se crea que es mejor acumular cursos de religión o multiplicar cursillos de formación religiosa. Ello puede ser a veces útil. Sin embargo, aun prescindiendo de la dificultad tan común de la falta de tiempo disponible, tal procedimiento es poco conforme a la psicología del adolescente y a las leyes de la asimilación. La explicación dada en pequeñas dosis, de un modo discreto pero categórico, por medio de advertencias ocasionales por parte de los profesores de las diversas materias profanas, es infinitamente mejor recibida por los adolescentes, penetra en su conciencia casi sin darse cuenta, y acaba por hacer cuerpo con su concepción del mundo, del hombre y de la historia.
III. EVANGELIZAR A TRAVÉS DE LAS MATERIAS
Como se ve, resulta hoy más imperativo que nunca la necesidad de integrar todas las materias dentro de una escala y un orden al desarrollo de las virtudes que deben caracterizar al cristiano. Naturalmente que cada materia tiene su propia autonomía - sana autonomía -, debiendo ser desarrollada según sus principios específicos. Pero al mismo tiempo ha de contribuir a la cosmovisión cristiana. Las diversas materias no sólo no son antiéticas con la cosmovisión cristiana, sino que, respecto de ellas, constituyen una suerte de "preparación evangélica", como decían los Padres de la Iglesia refiriéndose a los aportes más nobles del mundo pre - cristiano, una preparación evangélica ya que el auténtico desarrollo de la naturaleza es una especie de preparación a la gracia.
Más aún, las materias profanas reciben iluminación y complemento de la cosmovisión cristiana; el puro saber profano tiene algo de indigencia; la cosmovisión cristiana ensancha sus horizontes para una mejor comprensión de la ciencia, del hombre y de la historia. Porque el verdadero saber sobre el hombre y el mundo sólo se alcanza cuando se reconoce la realidad total del hombre y de su historia de salvación, es decir cuando se reconoce en el Verbo de Dios encarnado, recapitulador de todo, la luz verdadera que ilumina a todo hombre y a todas las cosas del hombre.
Tratemos ahora de concretar más esta aspiración de la Iglesia recorriendo las diversas asignaturas, aunque sin intentar cubrirlas en su totalidad.
1. La catequesis.
Esta materia -porque es necesario que sea también una materia y no sólo una "vivencia", como algunos pretenden- implica la comunicación de contenidos, a saber, la Revelación divina, explicitada por la doctrina del Magisterio. Gracias a ella, el adolescente aprenderá a distinguir lo que se puede conocer por la luz natural y lo que solo se le ofrece por la Revelación. Tres son los conocimientos catequéticos indispensables: lo que hay que creer (el Credo) , lo que hay que esperar (el Pater), lo que hay que amar (el doble precepto de la claridad y los Mandamientos). Ver el Catecismo de la Iglesia Católica. Pero no basta con aprender, es menester entrañar lo aprendido, asimilarlo, convertirlo en algo propio, hacerlo no sólo conocimiento sino bandera, militancia. La catequesis no puede ser en todo una materia como las demás.2. La filosofía.
A diferencia de la catequesis, la filosofía no parte de la Revelación sino que es un conocimiento racional del mundo, del hombre y de Dios, a la luz de la razón natural, buscando siempre las últimas causas de la realidad. En esta materia hay que evitar a toda costa que los adolescentes sean formados en el eclecticismo, contentándose el profesor con la exposición de los diversos sistemas filosóficos: hay que enseñarles a discernir, con espíritu crítico, el error de la verdad. El joven debe salir del colegio católico con una posición clara ante la vida, que le permita detectar los errores que pululan en el ambiente y lo capacite para saber refutarlos convenientemente. Una meta sólida no se forma con cuestiones disputadas, con dudas. Hay que ir a la filosofía perenne, a la de los clásicos, sobre todo a Santo Tomás. Sin obviar, naturalmente, el conocimiento de otras filosofías, pero juzgadas a partir de la filosofía perenne, única anclada en la realidad.3. Las ciencias.
La enseñanza de las llamadas "ciencias" físico - químicas debe comunicar al joven el conocimiento de la materia y de sus leyes. En las ciencias se aprenden las leyes de la naturaleza. A algunos este conocimiento los ha, de hecho, conducido al ateísmo: la naturaleza, absolutizada, acaba por convertirse en un sucedáneo de Dios. Para el marxista, por ejemplo, la ciencia es lo único, reemplaza a la religión. En nuestros colegios debemos enseñar la física y la química con visión científica, sin duda, pero con un telón de fondo religioso. Dios es el comienzo y el fin de toda ley física, de toda propiedad química; Creador tanto del electrón, como de la estrella. Por eso el universo canta la gloria del Creador. Este mundo, con sus leyes admirables, es una palabra o una obra de arte literaria, "al modo de un gran poema de un modulador inefable", decía San Agustín. El docente deberá realizar su propia síntesis entre ciencia y fe, señalando como corresponde, la presencia de Dios en su creación. La observación de los hechos se convierte así en un trampolín hacia Dios. La misma Sagrada Escritura, en cada una de sus páginas, suscita la admiración por el orden, belleza y sabiduría que resplandece en la creación. Será preciso despertar en los alumnos el sentido de la admiración ante la grandeza de la obra divina, admiración que es de las mejores introducciones a la oración.4. Las matemáticas y la geometría.
Estas materias ayudan a crear en el alumno el hábito de la exactitud, al tiempo que le permite tener experiencia de la "medida" de las cosas. Naturalmente, no hay diferencia entre un manual de matemáticas compuesto por un autor cristiano, y otro compuesto por un ateo. Sin embargo, si el profesor posee sabiduría cristiana, sabrá despertar en sus alumnos el culto de la verdad desinteresada, les inspirará el sentido del rigor intelectual. Las matemáticas exigen una suerte de ascética no ciertamente extraña al orden cristiano. Esta ascética está tejida de atención a la realidad dada, de método, de humildad, de perseverancia, de anhelo de precisión. El alumno advertirá que más adelante, en la vida postescolar, se podrá encontrar con esfuerzos semejantes cuando tenga que tratar de modelar, por medio de la reflexión, su vida y la ciudad terrestre en conformidad con la fe católica. Además, la belleza y elegancia de ciertas demostraciones, lo conducirán a veces al silencio interior. Esta contemplación admirativa, ese contacto con un valor que linda con lo absoluto, provoca una dilatación interior, una sublimación, una purificación que no carece de analogía y afinidad con la plegaria. Sólo habrá que cuidar que el "esprit de géometrie" no extinga el "esprit finesse", según la conocida expresión de Pascal.5. La historia.
La importancia de esta asignatura para la evangelización es enorme. Solamente la memoria del pasado puede calibrar con exactitud cualquier análisis del presente o cualquier prospectiva. Aquello de la historia "magistra vitae" tiene acá plena vigencia. Será preciso que el profesor no se limite a la mera narración de los hechos. En su mente debe tener bien estructurado lo que se ha dado en llamar "filosofía de la historia", aunque más bien habría que decir "teología de la historia". El libro clave para esta formación de fondo será el inmortal "De Civitate Dei" de San Agustín, donde el Santo Doctor desarrolla el curso de la historia a la luz del conflicto teológico entre dos ciudades, la Ciudad de Dios y la Ciudad del Mundo, montadas ambas sobre el amor: el amor de Dios hasta el reconocimiento del carácter dependiente y creatural del hombre, la Ciudad de Dios; el amor de hombre hasta el menosprecio de Dios, la Ciudad de la Tierra.Todos los hechos, épocas e instituciones, deberán ser estudiados en sí, con la autonomía legítima que tal estudio requiere, pero luego integrados en aquella grandiosa visión crítica y teológica. Así el alumno sabrá valorar adecuadamente las diversas épocas y acontecimientos de la historia e incluso aprenderá a leer el diario con inteligencia.
6. La geografía.
Esta materia constituye una apertura al medio próximo de vida, el cual a su vez es puente para pasar al orbe mayor. La geografía permite captar mejor al hombre, sus diversas razas, sus tradiciones; la del propio país, el paisaje de la patria chica y de la Patria grande, ayudará a aceptar el amor a la Patria. La geografía física contribuirá al conocimiento del Dios Creador, bello, poderoso, inagotable. La geografía humana permitirá conocer mejor al hombre, cooperador del Creador.7. La literatura.
El objetivo propio de esta asignatura es el acercamiento a la realidad con un conocimiento distinto al meramente racional. El contacto con los grandes autores, especialmente los clásicos universales y de lengua española, es de veras enriquecedor. En un poema elevado hay siempre algo de la inefabilidad de Dios. Particularmente el conocimiento cabal de nuestra lengua, en una época en que cada vez se le habla y se le escribe peor, permitirá al cristiano expresar su fe en el marco y el genio propio del idioma, el nuestro tan rico y tan preñado de catolicidad, de un pueblo que al decir de Rubén Darío, "aún reza a Jesucristo y aún habla en español".8. La música.
La música - la buena música - no sólo es expresión de alegría y de amistad, sino también medio de elevación de los sentimientos humanos. La admiración por lo bello está muy unida con la adhesión a la verdad y la aspiración a lo que es bueno. Ya los antiguos atribuían capital importancia a la formación musical. Porque la música forma al hombre. Los diversos tipos de música hacen los diversos tipos de hombre: el hombre sensual, el hombre materialista, el hombre superficial, el hombre erótico, el hombre virtuoso.Es necesario que el colegio católico eduque en el sentido de lo estético, del buen gusto, de la música noble, especialmente la música clásica. Máxime en nuestro tiempo en que la música parece rendir culto a la fealdad, al ruido ensordecedor que hace prácticamente imposible todo contacto con la vida interior. El verdadero arte -musical o visual- no sólo transmite el sentido de las armonías sensibles, sino también el sentido de las verdades profundas, sobre todo las que dicen relación con el misterio. El auténtico papel del arte consiste en irradiar, a través de lo sensible, el esplendor de la verdad, el esplendor de las formas.
9. La educación física.
La valoración del papel que tiene el cuerpo en el desarrollo integral de la personalidad es una de las principales metas de la educación católica. Desde que el Verbo se hizo carne, lo corporal ha adquirido una gran elevación, porque se ha adherido a la divinidad de Cristo con unión indisoluble. Si cuando estamos en gracia nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, es menester cuidarlo, respetarlo, fortalecerlo. El profesor de gimnasia debe estar imbuido de este sentido católico - no hedonista - del cuerpo humano.Así, pues, todas las materias, cuyo elenco no hemos recorrido en su totalidad, deben contribuir a forjar el hombre integral, ese hombre integral que, precisamente por ser tal, es cristiano y católico. Todas las materias deberán reflejar a Cristo, la única y definitiva Opción, reflejar la Realeza de Cristo, en el ámbito de la cultura. Filosofía, ciencias, matemáticas, geometría, historia, geografía, literatura, música, educación física, tantas maneras de evangelizar, de reflejar a Cristo verdad, a Cristo exactitud, a Cristo medida, a Cristo Señor de la historia, a Cristo Verbo encarnado en nuestro espacio humano, a Cristo el más bello de los hijos de los hombres. En una palabra: evangelizar es formar a Cristo en el alumno, hacer de él otro Cristo.
IV. LA FIGURA DEL DOCENTE
Es evidente que una misión tan formidable exige personas bien formadas. Exaltemos aquí la grandeza del docente. Será el quien determinará el carácter específico de la escuela católica. Lo que requiere una visión del mundo, especialmente de la cultura, así como una pedagogía adaptada a los principios evangélicos.
La orientación de la enseñanza no dependerá tanto de la materia o de los programas, sino principalmente de las personas que imparten dicha enseñanza. Mucho dependerá de la capacidad de los profesores el que la enseñanza llegue a ser una escuela de fe.
La síntesis entre cultura y fe solo se realizará si hay armonía orgánica de fe, vida y cultura en la persona de los educadores, que deberán tener como arquetipo nada menos que a Cristo, el Maestro supremo.
Se comprende así la fundamental diferencia que existe entre una escuela en la cual la enseñanza está penetrada del espíritu cristiano y otra que se limita a incluir la religión como una más entre las materias lectivas.
Cuenta Platón que los jóvenes se acercaban espontáneamente a Sócrates para oírle hablar porque tenían conciencia de que era maestro, es decir, doctor, en otras palabras, que podía enseñar porque sabía; y además, y esto era lo más importante, porque Sócrates era una sola cosa con aquello que enseñaba; enseñaba con su propia persona, con el espejo de su ejemplo. Platón concluye de ello que el maestro por excelencia es aquel que tiene un alma en la que reina el orden.
Advierte Caturelli cómo ese orden del que habla Platón, no es un orden inventado o creado por el maestro mismo; es un orden descubierto por él y hecho suyo hasta identificarlo consigo mismo, hasta hacerlo uno consigo. En el alma del maestro reina el orden de los principios que fluyen del descubrimiento de la verdad, y porque esta verdad poseída es común a todos, el maestro puede comunicar con los otros, entrar en comunión con sus alumnos. Pero para ello, al maestro tiene que pasarle lo que a Sócrates, que era uno con lo que enseñaba, y por eso los jóvenes acudían a escucharlo.
El maestro: un hombre de orden, un alma arquitectónica. De ahí la necesidad de la propia formación. Nadie da lo que no tiene. No basta con conocer más o menos la materia que se dicta. Si es que de verdad se quiere imbuirla de catolicidad será necesario que el docente encare con firmeza su propia formación - nunca terminada - especialmente en el ámbito de la filosofía y de la teología, así como en el campo de la historia, tan importante para comprender el sentido de los acontecimientos. Son sobre todo estas asignaturas, trascendentes a todas las otras, las que crean orden en el alma del profesor, permitiendo que éste "ubique" su materia específica en la cosmovisión cristiana.
Por eso la tarea de la educación exige en el docente, verdadero ministro del Verbo, una penetración y profundización constante en la Verdad, así como un perfeccionamiento progresivo de su vida espiritual, es decir de su total humanidad concreta, pues solamente tiene posibilidad de enseñar aquel que como acabamos de decir, está identificado con la verdad que enseña. Si queremos que nuestros alumnos logren una formación sintética, arquitectónica, lo primero es lograr esta síntesis en nosotros mismos, ya que todos estamos bastante fragmentados o desintegrados, en buena parte por culpa de este mundo felón en que vivimos, mundo apóstata, de verdades enloquecidas. Lograr la unidad interior: he ahí nuestra primera meta. Tenemos que aprender a elaborar esa síntesis de todas las dimensiones de nuestro ser, poner en armonía nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestro corazón y nuestros sentidos.
Recobrar un orden, un cosmos, en contraposición al caos en que estamos hoy inmersos. E informarlo toda con la luz de la gracia, con la fuerza de la gracia, con el calor de la gracia.
Será preciso hacer de nosotros el santo, el docente santo. Tenemos que ser santos y fundadores, porque necesitamos crear instituciones que realmente sean canal de esa cultura que anhelamos. La tendencia a la santidad, y a una santidad fundacional, llenará nuestra alma de celo apostólico, de ese celo que es calor del alma encendida en el amor a Dios y que ama al prójimo por amor a Dios. Celo al ver cómo las almas de nuestros alumnos se corrompen por el influjo demoledor de la sociedad de nuestro tiempo, que nada o casi nada nos ayuda en nuestra empresa, celo al ver que Cristo, que quiere hacerse uno, desposarse con cada uno de nuestros alumnos, es por ellos preterido y postergado en pro de los amantes que les ofrece el mundo moderno. Si no sentimos este celo en nuestro corazón quiere decir que aún tenemos mucho de funcionarios y poco de educadores, de apóstoles. Pero siempre hay tiempo para rectificar el rumbo.
El enemigo de Dios, de la Iglesia y de la Patria muestra un especial interés por dominar el campo de la cultura. Como sabemos, Gramsci sostenía que lo que en este momento interesaba más no era tanto "la toma del poder" cuanto "la toma de la cultura". El que toma la cultura da forma al país. Nosotros, católicos, debemos trabajar incansablemente por dar una forma católica a la cultura de nuestra Patria.
V. FORMAR HÉROES
Finalmente, no olvidemos que debemos formar para nuestro tiempo. Algunos interpretan esta afirmación como si debiéramos preparar a nuestros jóvenes para "adaptarse" al mundo moderno, para integrarse en él. Nada más lejos del ideal de la educación católica. Hay dos maneras de ser modernos: haciendo lo que hacen todos, y sabiendo enfrentar los errores del propio tiempo con espíritu creador.
Será preciso formar personalidades fuertes, capaces de discernir lo bueno de lo malo, que amen la justicia y odien la iniquidad, que abracen la verdad y aborrezcan el error. Eso es lo que necesitamos. Por ello, hoy menos que nunca tenemos derecho a formar mentalidades gregarias, católicos flanes.
Aboquémonos, pues, a formar jóvenes de carácter, capaces de negarse a la masificación contemporánea, esa terrible dictadura del espíritu, peor que cualquier opresión física. La educación es obra de "artesanía", no de producción masiva o en serie. Formar jóvenes con ideales, con escala de valores; no espectadores sino actores de la historia, con una visión auténticamente católica del mundo. Si al menos cada año salieran de nuestros colegios cuatro, sólo cuatro alumnos realmente bien formados y militantes, pronto cambiaría el ambiente de nuestra Patria.
Resolvámonos, pues, a educar. Tal es nuestra misión, nuestra difícil pero fascinante misión.